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La memoria

¡Cuántas horas pasábamos en la plaza! Curiosamente no tenía bancos

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La memoria
Alejandro de Bernardo | CEDIDA

01.11.2026 | Redacción | Opinión

Por: Alejandro de Bernardo

 adebernar@yahoo.es

¡Cuántas horas pasábamos en la plaza! Curiosamente no tenía bancos. Tenía algo mucho mejor, los “banzos” –escalones- de la entrada de la casa de Ricarda. Siempre tan solicitados. Siempre llenos. Con las nuevas aceras se amplió el aforo. Ya podíamos coincidir pandillas distintas. Lo gobernaban los mayores. Si alguna vez te dejaban escuchar sus conversaciones… ya flipabas. Pero eran excepciones. Lo normal es que te mandaran con tus amigos sin mucho miramiento. 

Comer pipas, hablar de cosas importantes y de otras que no lo eran tanto. Alguien se detenía, nos saludaba e incluso un desconocido podía sentarse a nuestro lado. Bueno, desconocido, desconocido no, que en el pueblo nos conocíamos todos. No hacíamos nada y esa nada estaba llena de cosas. Los pueblos tenían lugares así: la plaza, la tienda, la fuente de agua a la que llamábamos “caño”. Allí, en el caño, eran las mujeres las que aprovechaban el viaje a por agua para echarse su parloteo. Espacios donde ibas a hacer algo y donde te encontrabas con alguien. Sabías quién estaba enfermo, quién se había ido de viaje, quién había tenido un nieto, quién se había comprado un coche, una vaca o tenía un nuevo perro … noticias que no aparecían en ninguna pantalla porque no existían. 

Ahora podemos hacer una transferencia sin ir al banco, comprar sin entrar en una tienda y pedir cita sin hablar con nadie. Vivir rodeados de gente y resolver casi todo sin conocerla. Es más rápido, más cómodo y más eficiente. También más solitario.

Hace muchos años que me fui de allí. Me fui a la ciudad. La ciudad, al igual que el pueblo no es solo un lugar donde vives, también es donde te encuentras sin buscarte. Hay una gran diferencia entre hablar con alguien porque lo buscamos y hacerlo porque se ha sentado a tu lado. Con las redes sociales, podemos aprender mucho sobre una persona a la que nunca hemos saludado. Vemos su rostro, su casa, sus viajes... Pero si la encontramos, no sabremos qué decirle. 

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que estamos cada vez más conectados y tenemos menos lugares para simplemente estar juntos. Esos rincones de pueblo, esos sitios tan particulares, eran inútiles para el progreso, y por eso mismo eran tan útiles para la vida. En ellos aprendimos a esperar. A aburrirnos —qué poco saben de esto las nuevas generaciones—. Aprendimos a hablar, a mirar, a reconocer rostros. A formar parte de un lugar. El progreso no debería preguntarnos solo qué podemos hacer sin salir de casa, sino también qué dejamos de hacer cuando no tenemos dónde sentarnos juntos. Y ponerle remedio, coño.

De aquellos años también recuerdo con meridiana claridad y mucha añoranza, que tal día como ayer, víspera del Día de Todos los Santos, las pasaba canutas escuchando las historias de miedo que nos contaban. Historias de muertos. De como esa noche, precisamente, las ánimas del purgatorio caminaban por las calles con antorchas encendidas, arrastrando cadenas. Ni se nos ocurría asomar a la puerta. Era noche obligada para ver en televisión “Don Juan Tenorio”. No era negociable.

Ahora, ya desde comienzos de octubre las telarañas, las brujas y las redes cuelgan por los balcones y los árboles en todas las ciudades y pueblos. Este Halloween me corroe por dentro. Ver a niños, días antes del 1 de noviembre, disfrazados de negro y caras de vampiro no me dice nada. Sé que hablo en el desierto ante un rodillo comercial imparable. Pero hoy, la memoria va por libre. Y lo que me pide el cuerpo no son sustos de plástico, sino el silencio respetuoso de mi pueblo, el aroma a crisantemos, un paseo pausado hacia el cementerio y la herencia de los que ya no están. A fin de cuentas, las verdaderas raíces no se celebran, se recuerdan. 

Feliz domingo.