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Cultura

Mi yo interior y la literatura

Podría decir muchas cosas sobre lo que he hecho en mi vida, pero la idea es hablar sobre mi relación con la literatura

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Redacción Tagoror Digital · 9 min de lectura
Mi yo interior y la literatura
Yeni Tejada | CEDIDA

21.10.2026 | Redacción | Colaboración 

Por: Yeni Tejada 

Podría decir muchas cosas sobre lo que he hecho en mi vida, pero la idea es hablar sobre mi relación con la literatura. 

Cuando separo todo, me permito decir que soy mujer y madre, con todo lo que eso conlleva. Soy un ser humano que aprende constantemente para poder ser mejor persona cada día.  

Me desligo de los títulos que pesan. De nada sirven si no hemos aprendido a amarnos, y menos a reconocer el amor que podemos dar o recibir. 

Mi experiencia con la creatividad literaria ha estado íntimamente ligada al proceso de construcción, ruptura y recuperación de mi mundo interior. Desde muy temprana edad, encontré en la escritura un espacio de expresión, contención y descubrimiento. La creación de cuentos, poemas e historias fue mi forma de procesar emociones que aún no sabía nombrar.

Fui creciendo y conmigo la escritura.  Las palabras que no pronunciaba terminaban siendo parte de un cuaderno que hice a mi medida. Para que mis confesiones no fueran fáciles de entender, desarrollé mis códigos de escritura a través de números o mensajes encriptados, solo para mí. 

Crear no tiene límites; sin embargo, existen formas que nos cautivan y, a través de la poesía, he podido desarrollar mi propio lenguaje. Expresar en palabras lo que ideamos es el trabajo inicial.  Las imágenes, los sonidos, los sucesos buenos o malos, tristes o alegres sirven como fuente de inspiración. 

Podríamos hablar de sentimientos que se conjugan con la imaginación y se convierten en un texto.  Luego, el trabajo de revisión pasa a ser un acto consciente hasta que el poema se concreta.

A veces crear no será suficiente. También tenemos que ser capaces de mirar el texto como lectores, ser autocríticos de lo que hacemos.

Enfrentar al oyente, defender nuestra obra y creer en lo que escribimos es la parte más difícil de asimilar como autores, pero eso nos ayuda a crecer en nuestra estima personal. Es mirar hacia nuestro yo creativo y saber medir lo que somos y lo que hacemos.

Existen sucesos que nos marcan. Hablaré sobre dos hechos que originaron cambios drásticos en mi vida.

Lo que el silencio no dijo

Tenía quince años cuando el mundo dejó de tener sentido por un instante. Fue la edad en que la muerte se llevó a alguien muy querido para mí. No era solo una persona cercana: era un amor que había nacido en la adolescencia, de esos que crecen en silencio, sin saber bien cómo nombrarlos. 

Sorprendentemente, mi comunicación con él era fluida, quizás porque estaba en otra etapa de crecimiento. Ya en sus veinte años, su personalidad era más libre, abierta a lo que sentía.

En un pequeño papel, escrito con su letra, estaba la dirección a la que debía escribirle para darle una respuesta:  me pidió ser su enamorada. El papel quedó guardado en secreto y fue encontrado por casualidad muchos años después, cuando ya no podía cumplir su cometido.

Aún permanece en esa pequeña caja, dentro de un pequeño baúl en el que guardo recuerdos. Nunca pude decirle lo que sentía, y quizás por eso, cuando partió, lo hizo con todo lo que no pudimos vivir.

Su ausencia fue tan ruidosa que aún hoy, décadas después, puedo escuchar el eco de aquel silencio. Fue entonces cuando conocí la culpa  —esa sombra silenciosa que se instala entre los pliegues del alma y se alimenta del "¿y si…?"—.

Yo no decidí que estuviera en ese lugar aquel día. No tracé el rumbo ni dicté el destino. Durante cuarenta años llevé sobre los hombros el peso de una elección que no fue mía. Me convencí de que, tal vez, si yo hubiera dicho algo distinto, si hubiera insistido, si hubiera advertido, su historia no habría terminado allí. 

Cargué con una culpa que no me pertenecía, pero ese pensamiento me persiguió como un susurro constante en la memoria, hasta llegar a una noche del año 2023.

El recuerdo del pequeño papel empezó a surgir al apagar la luz. Mis susurros se convertían en palabras y solo atiné a prender la grabadora. Entre llantos y sollozos, todo quedó allí. Este fue el principio de exculparme por algo que yo había asumido. Cuando terminé de hablar, prendí la luz, apagué la grabadora, me di la vuelta y dormí hasta el día siguiente. 

Como si hubiera sido un sueño, creí olvidarlo durante la mañana.  Al llegar la tarde decidí escucharlo y volví a llorar con cada palabra. Debía poder enfrentar el momento y transcribirlo. Fue lo único que se me ocurrió. 

Después de ese proceso de recuperación del texto, a veces difícil de entender, volví a sentir el dolor.  No era la culpa la que me perseguía ahora, pero cada palabra sonaba como aguijones que me atravesaban. 

Todo lo grabado se convirtió en un poema al que llamé “En un trozo de nada”, que es parte de mi libro Regazo del silencio.

Pasó el tiempo y utilicé esta experiencia frente a un público que podía entender el significado que había en cada palabra. Compartirla me conmovió profundamente, pero finalmente permanecí sosegada. 

Reconciliación y creatividad

Existía otra historia guardada, aún más antigua, más dolorosa en su forma silenciosa.

Cuando tenía nueve o diez años, comencé a sentir algo nuevo, dulce y desconcertante por alguien que también me miraba con la misma ternura temerosa. 

La vida continuó mientras crecíamos juntos entre palabras no dichas, entre gestos que hablaban por nosotros. Estábamos enamorados, lo sentíamos, pero no sabíamos cómo expresarlo. O quizás no nos atrevimos. 

El tiempo pasó y, a los diecisiete, los malentendidos, los mensajes mal dichos —o no dichos en absoluto— nos separaron. No fue una ruptura; fue una desconexión, una desaparición silenciosa. No sabíamos cómo hablar de lo que sentíamos sin herirnos, sin alejarnos más.

En ese entonces, escribir era mi forma de existir. Desde niña me refugiaba en las palabras. Inventaba cuentos, escribía poemas, tejía mundos donde todo era posible, incluso el consuelo. Pero nuestra separación quebró ese vínculo. 

La herida fue tan profunda que dejé de escribir, de leer, de soñar con letras. Cerré la puerta a todo lo que alguna vez me había dado sentido. La literatura, que hasta ese momento había sido mi aliada, se convirtió en un espejo que no podía sostener. 

Mi diario, ese testigo fiel y callado, fue destruido junto con todo su contenido. Tomé una decisión drástica e irreversible que significaba romper con un episodio incomprensible y con ese yo creativo.

Volvimos a vernos, pero nuestras actividades terminaron por separarnos durante años. Yo seguí en silencio, lejos de las palabras que me habían acompañado. La herida había quedado latente, aunque seguimos con nuestras vidas. 

Pero el destino, a veces, sabe esperar.

Transcurrieron los años hasta que nos volvimos a encontrar. Finalmente, pude hablar —con honestidad, sin miedo— sobre lo que nunca dijimos. Pudimos poner en palabras todo aquello que quedó atrapado en la infancia, en la adolescencia, en los años de ausencia. Descubrimos que nuestros sentimientos habían sido reales, profundos y compartidos. No nos separó la falta de amor, sino la falla en el lenguaje.

Pude comprender que no era culpa mía y que el destino tiene sus propias reglas. Yo era apenas una adolescente tratando de entender el mundo con un corazón demasiado grande.

Esa conversación fue una llave. Una que abrió la puerta que llevaba cerrada demasiado tiempo. Fue entonces cuando algo dentro de mí se liberó. Como si, al perdonarme, al mirar con ternura a esa chica de diecisiete años, pudiera por fin volver a mí. Y con ello, regresaron las palabras, los versos, las historias que esperaban pacientemente desde el rincón más profundo del pensamiento.

A veces una historia es una ofrenda a un amor que no fue.

La creatividad literaria, que una vez abandoné, hoy es el hilo que me sostiene, que permite comprenderme, crecer y reconstruirme desde adentro.

Las palabras son mi hogar nuevamente. Aprendí que no todo puede evitarse ni salvarse, pero que sí puede contarse. 

Ya no cargo culpas que no son mías. Ahora no temo escribir lo que siento. Porque sé que en cada texto que nace hay un poco de la niña que fui, de las experiencias de vida hasta llegar a ser la mujer que hoy escribe y que no volverá a dejar de hacerlo.

Comprendí que escribir no es volver al pasado, sino reconciliarse con él. Que cada palabra es una semilla que germina en lo profundo de mi ser.  

La creación literaria, más que un arte, es un acto de crecimiento constante, lo que me condujo al encuentro conmigo misma.  Cuando se escribe desde la herida, se transforma en lenguaje lo que alguna vez fue silencio.

En el proceso de publicar y escoger los poemas para mi libro Regazo del silencio, me di cuenta de que ambos libros seguían caminos diferentes:

Besando la inmortalidad va de lo externo para llegar a lo interno del ser. 

Regazo del silencio es lo contrario: es salir de ese yo profundo que ha crecido y se ha reconciliado con el dolor.  

La creatividad me lleva a expresar lo que siento en relación con mi mundo y con el mundo que me rodea.

No puedo dejar de ser lo que soy; así es como entendí que debemos ser responsables por lo que nos corresponde, pero no aceptar la responsabilidad de los errores de los otros. 

Existe algo que tomé como parte de esta filosofía propia de vida:  el triángulo del perdón. 

1) Pedir perdón por lo que dijimos o no dijimos, por lo que hicimos o no hicimos, por lo que haremos o no haremos.

 2) Perdonar a quienes nos pidieron perdón, aunque la relación no continúe igual.        Si alguien no lo pide, no quedarnos atrapados en el sufrimiento. 

3) Perdonarnos por lo que hicimos y por lo que no hicimos, para seguir adelante. 

Debemos liberarnos de las cargas innecesarias para no llevar una mochila pesada. 

Amarse a uno mismo es lo que nos llevará a reconocernos como prioridad. 

Escribir ha sido para mí regresar a ese yo, pero un poco más libre, más seguro de la dirección a la que voy, aceptando todo lo que hice o lo que no hice.