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El barco que llevaba la luz

Todavía puedo cerrar los ojos y regresar a aquella tarde de mi infancia en la que descubrí, por primera vez, el barco de la luz. No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero sí conservo la sensación de asombro que me produjo contemplarlo junto al muelle de Santa Cruz de Tenerife

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Redacción Tagoror Digital · 7 min de lectura
El barco que llevaba la luz
Gloria Soledad López Perera | Escritora | CEDIDA

18.10.2026 | Redacción | Relato

Por: Gloria López Perera

Escritora

Soledad Todavía puedo cerrar los ojos y regresar a aquella tarde de mi infancia en la que descubrí, por primera vez, el barco de la luz. No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero sí conservo la sensación de asombro que me produjo contemplarlo junto al muelle de Santa Cruz de Tenerife.

Había ido con mi familia a pasear por la plaza de España. El puerto era, para mí, un lugar lleno de misterios. Me gustaba mirar los barcos que llegaban de lejos, imaginar de dónde venían y qué historias traerían escondidas en sus camarotes y bodegas. Pero aquel barco era diferente.

Estaba allí, amarrado cerca de la Farola del Mar, con su casco gris y sus altas chimeneas. No parecía un barco como los demás. No llevaba pasajeros que esperaran desembarcar ni mercancías que descargar. Permanecía quieto, como si estuviera esperando algo.

-Mamá, ¿qué hace ese barco ahí? —pregunté, señalándolo con la mano.

Mi madre miró hacia el muelle y sonrió.

-Ese es el barco de la luz, mi niña.

-¿Un barco que lleva luz?.

-Sí. Aunque no la lleva de un sitio a otro. La produce para que las casas puedan tener electricidad.

Me quedé mirándolo con los ojos muy abiertos. Hasta entonces, yo había pensado que la luz salía de los enchufes, como si siempre hubiera estado allí, esperando a que alguien encendiera una lámpara.

Aquel día descubrí que detrás de las cosas más cotidianas podía esconderse una historia que yo desconocía.

Durante mucho tiempo, el barco permaneció en mi memoria como una imagen de la infancia: aquel gigante gris que descansaba junto al mar y que, de alguna manera, ayudaba a iluminar mi isla.

Muchos años después, cuando volví a interesarme por la historia de Santa Cruz, quise saber qué había sido de él. Entonces descubrí que su historia era mucho más extraordinaria de lo que había imaginado.

El barco se llamaba Nuestra Señora de La Luz y había llegado al puerto de Santa Cruz de Tenerife en septiembre de 1962.Pero su vida había comenzado mucho antes y muy lejos de Canarias.

Construido en 1943, en los astilleros de Massachusetts, había nacido como un buque de guerra estadounidense, destinado a la lucha antisubmarina durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, pasó a la Marina Real británica, donde recibió el nombre de HMS Affleck.

El destino, sin embargo, tenía otros planes para él.

En 1949, el Instituto Nacional de Industria español lo adquirió y lo trasladó a los astilleros de Amberes, en Bélgica. Allí dejó atrás su pasado militar para convertirse en una central eléctrica flotante.

A partir de entonces, su misión sería muy distinta: producir energía y llevar electricidad a lugares que la necesitaban.

En 1954 recibió el nombre de Nuestra Señora de La Luz y prestó servicio en distintas ciudades españolas, entre ellas Cartagena, Barcelona y San Fernando, en Cádiz; hasta que llegó a Tenerife.

Por aquel entonces, la electricidad disponible en la isla no era suficiente para atender las necesidades de toda la población. Santa Cruz crecía, los pueblos demandaban más servicios y la vida cotidiana comenzaba a depender cada vez más de la energía eléctrica.

Fue entonces cuando aquel antiguo barco de guerra llegó a nuestro puerto.

Lo hizo remolcado por el buque de la Armada RA-3, después de varios días de navegación. A mediados de septiembre de 1962 quedó amarrado en el arranque del muelle Sur, cerca de la Farola del Mar y de la Marquesina y desde allí comenzó a trabajar.

Sus motores y sus instalaciones producían electricidad que se enviaba a tierra para contribuir al suministro de numerosos hogares y poblaciones de Tenerife.

Así Mientras muchos dormían, él seguía funcionando y mientras las familias encendían sus lámparas al caer la noche, en su interior había hombres trabajando para que aquella luz llegara a sus casas.

De esa manera y poco a poco, aquel barco gris pasó a formar parte del paisaje de Santa Cruz.

Durante once años, su silueta acompañó a los paseantes de la plaza de España. Para algunos era una central eléctrica. Para otros, simplemente, el barco de la luz. Para los niños, quizá, un extraño gigante anclado frente al mar.

Para mí, aunque todavía no lo sabía, acabaría convirtiéndose en un recuerdo de aquellos que nunca desaparecen del todo.

Pero el progreso también escribe sus propias despedidas.

En Las Caletillas, en el municipio de Candelaria, se construía una nueva central eléctrica, capaz de atender las necesidades de la isla. El 12 de mayo de 1973 fue inaugurada la central Diesel Candelaria.

La presencia del barco en Santa Cruz dejó de ser necesaria.

En abril de aquel año, el Nuestra Señora de La Luz fue vendido a la empresa Termoeléctrica de Lanzarote. Su destino sería ahora aquella isla, donde continuaría produciendo electricidad para abastecer, inicialmente, a la planta potabilizadora.

El 5 de mayo de 1973, el barco abandonó definitivamente el puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Se marchó casi en silencio, sin grandes ceremonias.

Quizá algunas personas lo observaron desde el muelle. Quizá otras ni siquiera se dieron cuenta de que aquella figura gris, tan familiar durante más de una década, desaparecía del paisaje.

Pero estoy segura de que, para quienes habían crecido viéndolo allí, su marcha dejó un pequeño vacío.

En Lanzarote, el Nuestra Señora de La Luz continuó prestando servicio. En 1975 pasó a trabajar para UNELCO, desde su amarre en Puerto Naos.

Sin embargo, con el paso de los años, su estado fue empeorando. A finales de la década de 1980, aquella vieja central flotante había dejado atrás sus mejores tiempos.

Su historia se fue apagando poco a poco, hasta que desapareció de los puertos canarios.

No tuvo una gran despedida. No hubo multitudes ni homenajes. Su destino final quedó envuelto en cierta incertidumbre, aunque todo apunta a que terminó en Cádiz, en el Arsenal de La Carraca.

Y así concluyó la historia de un barco que había nacido para la guerra y que terminó dedicando buena parte de su vida a llevar luz a quienes la necesitaban.

A veces, cuando camino por el puerto de Santa Cruz de Tenerife y miro hacia el lugar donde estuvo amarrado, me parece que todavía puedo distinguir su silueta entre los barcos.

Sé que ya no está, que el tiempo se lo llevó, como se lleva tantas cosas que creemos eternas.

Pero también sé que hay recuerdos que no necesitan permanecer físicamente para seguir vivos.

Aquel día de mi infancia, cuando pregunté a mi madre qué hacía allí aquel barco gris, no podía imaginar que muchos años después descubriría su historia.

Entonces comprendí que los lugares donde crecemos están llenos de relatos escondidos. Historias que pasan delante de nuestrosojos mientras somos niños y que, con el tiempo, regresan para hablarnos de quienes fuimos.

El barco de la luz ya no está en el puerto, pero sigue navegando en la memoria de quienes lo conocimos.

Porque algunas luces, aunque se apaguen para siempre, nunca dejan de iluminar nuestros recuerdos.

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