Desde La Mesa Mota

Recientemente, mientras estaba en una sala de espera del Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria mientras le realizaban una prueba diagnóstica a un familiar mío, tuvo el gusto de conocer a una señora octogenaria

13.09.2022 | Redacción | Opinión

Por: Paco Pérez

pacopego@hotmail.com

Recientemente, mientras estaba en una sala de espera del Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria mientras le realizaban una prueba diagnóstica a un familiar mío, tuvo el gusto de conocer a una señora octogenaria, natural de Santa Cruz de La Palma --que también aguardaba por una hermana suya-- con la que, casualmente, entablé una larga, agradable y provechosa conversación.

La dama en cuestión, casi sin querer, me resumió a grandes rasgos su vida. Me contó que había emigrado a Venezuela muy joven, con apenas catorce años, y que en aquel querido país permaneció mucho tiempo, hasta que pudo regresar con su marido y sus hijos a las Islas y que, años más tarde se divorció de su cónyuge.

Está claro que siempre se aprende algo de las personas mayores, por la sencilla razón de que han vivido más que otras muchas y porque han acumulado una experiencia vital larga y, en cualquier caso, única e irrepetible, con sus malos y buenos momentos, con sus alegrías y disgustos.

Durante la conversación ambos coincidimos en que lo mejor es la suerte de tener buena salud en este nuestro tránsito terrenal, por lo que siempre hay que dar gracias de no tener enfermedades graves e incurables y evitar sufrimientos.

Lo más que me sorprendió de esta agradable dama palmera fue que me dijera que ella nunca había tenido dolores en sus ochenta años de vida y que sólo tuvo que ser intervenida quirúrgicamente en una ocasión, por una apendicitis que derivó en una peritonitis, sencillamente porque ella no notó ningún dolor agudo, sino una ligeras molestias en el vientre, y casi los médicos de la época no descubren de lo que se trataba, porque no tenía síntomas de ningún tipo.

Sin lugar a dudas, fue aquel un pequeño contratiempo en una mujer que ha tenido la suerte de no padecer dolores, por lo que le dije sin ningún tipo de tapujos que realmente sentía una gran envidia sana hacia ella, por la sencilla razón que mi umbral de sufrimiento es muy bajo y no recuerdo ninguna época más o menos prolongada en la que quien esto escribe no haya sentido molestias, malestar o dolores muy agudos.
Desde que tengo uso de razón siempre he sido muy sensible al dolor. Como anécdota quiero contarles que, cuando eran un jovenzuelo, con 16 o 17 años, tuve fuertes molestias, de manera intermitente, en el lado derecho del vientre, lo que podía haber sido síntoma de alguna apendicitis crónica o de algún padecimiento de la vesícula biliar.

En aquel entonces fui a la consulta del doctor Francisco Martínez Calvo --un afamado médico salmantino, ya jubilado, que vive desde hace muchos años en La Laguna-- que me observó, me miró por rayos X con una papilla de contraste y concluyó que no tenía nada destacable. Cuando ya salía de su consulta, se dirigió a mí y en tono imperativo soltó esta frase: "procura fornicar todo lo que puedas, que así se te irán esas molestias"... Sabio y acertado consejo, sin duda.

Volviendo a la conversación que tuvimos la señora de La Palma y un servidor y como los habitantes de la Isla Bonita son tan dados a poner nombretes a la gente, a esta buena mujer me ha dado por apodarle Doña Indolora, nunca mejor dicho. Espero no ofenderle con esta ocurrencia sin ninguna mala intención, todo lo contrario. Y eso.
 

Imagen: Paco Pérez | Facebook

Paco Pérez

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Periodista

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