Cultura

Valeria estaba tan contenta que no sabía cómo expresarlo, y lo hacía de la única forma que sabía, con espontaneidad, simpatía y alegría

23.01.2022 | Redacción | Relato

Por: Isa Hernández

Valeria estaba tan contenta que no sabía cómo expresarlo, y lo hacía de la única forma que sabía, con espontaneidad, simpatía y alegría. La compartía con sus amigos, esos que están ahí siempre, animándola y elevándole el ánimo. Ellos alababan sus logros y se lo manifestaban con cariño y palabras bellas que la ensalzaban y, la hacían sentir una escritora y poeta tal como ella se percibía, con honestidad y humildad, sin presunción ni carreras hacia lo inalcanzable. Sabía muy bien cuál era su lugar y sus límites, pero ello no menguaba ni un ápice su insistencia y su perseverancia en el trabajo que se marcaba. Y, a veces, cuando le llegaban las reseñas de sus libros, publicaciones de selección de sus trabajos o la admisión de algún proyecto, le reverberaba el corazón como si se le saliera del pecho, como si galopara a solas por el universo de sus sueños contenidos en el tiempo por circunstancias que la vida dispone para cada cual. Su abuela le decía que, solo había que esperar porque el lugar de cada persona es exclusivo de esa persona y nada ni nadie lo puede ocupar, solo la persona en cuestión. Su abuela no tenía estudios, pero era muy pizpireta, tenía sabiduría popular de esa que no se estudia, sino que es innata y se guarda en la memoria, y no se olvida por más que pase el tiempo. Por ello Valeria se sentía agradecida, contenta y honrada; su pluma empezaba a vislumbrar el horizonte.

Imagen de archivo: Isa Hernández